La irrupción del Estado Islámico en Próximo Oriente produjo un gran estupor entre la gente occidental, sobretodo por la brutalidad e intolerancia extremas que impulsa el espíritu de este movimiento islamo-fascista. Desde mi punto de vista un poco de repaso en la historia contemporánea de la región aún genera más estupor, porqué nos demuestra que el fenómeno no es tan nuevo y que sorprendentemente ha sido tolerado y apoyado por Reino Unido desde su concepto pragmático de dominio fundamentado en la Pax Británica, un relevo tomado por EEUU con su Pax Americana y sus interesadas y hipócritas relaciones con Arabia Saudita.
El EI se nutre ideológicamente del wahabismo, un movimiento sunita reformador que intenta restaurar el monoteísmo puro, y que fue alumbrado por Muhammad ibn Abd al-Wahhab (1703–1792) en la segunda mitad del siglo XVIII. Fue el pilar ideológico en el que se fundó la Arabia Saudita protozoaria de la Néyade de Muhammad Ibn Saud, y que alcanzaría la independencia en 1927 (reino de Nejd y de Hiyaz) y su actual forma en 1932. Durante el Imperio Otomano no fue hasta 1780 cuando el wahabismo llegó a sus fronteras, acercándose a Irak y el Hiyaz.
En 1802 ya mostraron su vocación atacando la ciudad sagrada de Kerbala, situada en el interior del imperio, Algunos cronistas de la época relatan la salvaje carnicería que provocaron en el mercado y en las calles de la ciudad contra la población civil, asesinando en una mañana a más de dos mil personas. Profanaron el sepulcro y la mezquita de Hussein, y saquearon sus riquezas.
El testimonio del orientalista francés J.B. Rousseau explica que «… 12000 wahabíes atacaron de repente la mezquita del Imam Husayn ; después de apoderarse del mayor botín que jamás habían tomado en sus numerosas victorias, lo sometieron todo a sangre y fuego … Los ancianos, las mujeres y los niños murieron bajo las espadas de los bárbaros. Además, se dice que cada vez que veían a una mujer embarazada, la destripaban y dejaban el feto en el sangrado cadáver de la madre. Su crueldad no pudo ser satisfecha, no cesaban en sus asesinatos y la sangre fluyó como el agua. Como resultado de la sangrienta catástrofe, más de 4.000 personas perecieron. Los wahabíes llevaron su botín en las espaldas de 4.000 camellos. Después del saqueo y de los asesinatos destruyeron el santuario del Imam y lo convirtieron en una zanja de abominación y sangre. Ellos causaron el mayor daño en los minaretes y las cúpulas, creyendo que esas estructuras estaban hechas de ladrillos de oro ” [ J.B. Rousseau en su «Description du Pachalik du Baghdad Suivie d’une Notice Historique sur les Wahabis» (Paris, 1809).]
No sería hasta principios del siglo XIX que Mehmet Ali, sultán de Egipto, pondría coto a los wahabies en la zona. Por aquel entonces ya había quedado clara la vocación sanguinaria de esta degeneración extrema del islam sunita. Lo que resulta sorprendente es comprobar como el Imperio Británico se convertiría en uno de los principales valedores de esta comunidad, por meros intereses geoestratégicos, sin importarle traicionar doblemente a la causa árabe impulsada previamente por pura conveniencia, para desbancar al Imperio Otomano, através de la figura del jerife Husayn.
Lo que no cumplió el Reino Unido para con la independencia árabe o para con la independencia palestina, a pesar de haber apoyado estos de forma harto comprometida a los británicos durante la gran guerra, lo regaló generosamente a los estados de Oman de la Tregua, tolerando y apoyando a la versión más extrema del islam, que se consagraría con el definitivo nacimiento de Arabia Saudita a manos de Ibn Saud; un estado afincado en Riad y con la vocación fanática de imponer su visión del islam a sangre y fuego. La gran paradoja consiste en comprobar que el foco desde el cual se ha generado la versión más extrema e intolerante del islam surgió al amparo del Imperio Británico pero además ha sido aliada durante décadas de EEUU y gran parte de occidente. Desde esos efluvios de intransigencia y brutalidad nos llega hoy el salafismo y wahabismo más brutal y descarnado.

